Si no le doy espacio al dolor, ¿existe?
Ayer escribía en mi cuaderno lo siguiente:
"Si no le doy espacio a este dolor, ¿existe?
Claro que existe"
Mi condición de humana me invita constantemente a escapar de lo que escuece. Es automático querer huir de las cosas que nos hacen daño, de la misma manera que es automático retirar la mano de la sartén cuando me estoy quemando.
Nadie quiere sufrir (yo tampoco). Y está bien, es necesario caminar hacia los lugares donde encontramos confort, bienestar, ¿"felicidad"? Gracias a estos mecanismos sobrevivimos aún como especie.
Pero en ocasiones, evitar en exceso el dolor es, justamente, el núcleo del sufrimiento. Hay sensaciones de las que, por mucho que una lo intente, es inútil pretender escapar porque acabarán manifestándose de otra manera, muchas veces a través de síntomas.
Desde el enfoque terapéutico de ACT (terapia de aceptación y compromiso) a esto lo llamamos evitación experiencial: intentar (sin darnos cuenta) controlar, eliminar o escapar de las cosas desagradables que nos ocurren por dentro. Evitar la llamada que tememos, distraernos con el móvil para no sentir la ansiedad antes de dormir, cambiar de tema cuando alguien menciona a la persona que hemos perdido. La paradoja es que eso no es posible. Que, si lo conseguimos, será solo un ratito, pero en el fondo solo agrava el problema.
La experiencia de vivir incluye la experiencia del disfrute pero también la del dolor, del malestar, de lo desagradable. Hay que aprender a estar en contacto con ambas sin salir corriendo. Es posible entrar en contacto con la experiencia interna que nos escuece (pensamientos, sensaciones, emociones) y, pese a ello, seguir hacia adelante, hacia lo que es importante para cada uno.
¿Si no le doy espacio a este dolor, existe? Efectivamente. La clave está en cómo yo elija relacionarme con él.