Incertidumbre y enfermedad
Quien conviva o haya convivido con una enfermedad crónica sabe de lo que hablo. La maldita incertidumbre: ese no saber qué va a pasar, ni cómo, ni cuándo. Una absoluta sensación de estar indefenso ante el futuro, de desconocer ese futuro. Y sobre todo, de no tener control sobre el propio cuerpo.
Convivir con la enfermedad es hacerlo también con la incertidumbre.
En realidad, lo incierto está siempre. Desconocemos qué ocurrirá mañana pero no nos paramos a pensarlo (en general) porque sería una locura. Sin embargo, el contacto con ella, propia o ajena, convierte la incertidumbre en algo mucho mayor, mucho más presente.
¿Cómo evolucionará? ¿Cuándo tendré un brote? ¿Me curaré? ¿Cómo me afectará el tratamiento? ¿Seré alguna vez la de antes? ¿Resistiré la operación? ¿Podré seguir ejerciendo mi profesión? ¿Qué me dirán en la próxima revisión?
Las preguntas son infinitas, las respuestas, inexistentes. Porque solo hay una opción: aprender a convivir también con la falta de certeza. Con un cuerpo ya dolorido y con la alerta, la alarma puesta.
La incertidumbre está, y estará siempre. La clave está en relacionarnos con ella de manera que no duela tanto y no se convierta en ansiedad. Un reto complejo pero no imposible.
Hago mención especial a todos mis pacientes de ALCER con quienes he aprendido tanto y a quienes admiro profundamente. Todos conocen bien de lo que hablo porque la enfermedad renal es un entrenamiento constante sobre cómo afrontar la incertidumbre.