Lo terapéutico de escribir
El punto de partida para solucionar algo es saber a qué nos estamos enfrentando. Eso requiere ponerle palabras y darle forma para, a partir de ahí, empezar a buscar una solución (si la tiene). En este sentido, la escritura es una herramienta poderosísima.
Ahora lo llamamos journaling y las redes sociales están llenas de recomendaciones sobre hacerlo todas las mañanas. Pero, en realidad, el ejercicio de escribir un diario personal es mucho más antiguo. Que se lo digan a Ana Frank. O a ti, que seguro que en algún punto de tu infancia empezaste uno y ahora descansa en el baúl de los recuerdos.
Escribir es una forma de sacar fuera lo que hay dentro (pensamientos, emociones, preocupaciones…) Nos permite nombrar eso que tenemos en la cabeza y dejarlo en el papel (o en la pantalla) para más tarde revisarlo con un poco de distancia y perspectiva.
En el fondo, escribir es parecido a lo que hacemos en terapia: aclarar las ideas, poner palabras, ordenar los temas que nos preocupan, desahogarnos…
Seguro que piensas que a ti “no se te da bien escribir”. Pero no hace falta hacerlo bonito para que ello resulte terapéutico. Se trata de sacar lo que tienes dentro para poder mirarlo con un poco de distancia, quizás con mayor objetividad. Incluso puedes dejarlo ahí y leerlo más tarde, cuando se hayan pasado los sentimientos asociados. Es muy bonito poder leernos después, desde otro lugar. Nos da perspectiva y nos permite recordar que, sea lo que sea y de la forma que sea, la experiencia se transforma.
Como todo, esto también se practica. Si acostumbramos a nuestro cerebro a escribir sobre lo que sentimos, cada vez será más fácil acceder a nuestro mundo interno y a las emociones que residen ahí. Y si lo hacemos a mano, mucho mejor: el procesamiento es más profundo y hay una mayor conexión entre la mente y cuerpo.
Begoña Aznárez, psicóloga a la que admiro y referente en intervención en trauma, lo tiene claro cuando afirma que “para procesar hay que pensarlo y después narrarlo”. Aprovecho para recomendar encarecidamente su libro “El trauma psíquico es de todos”.
“Donde duele, inspira”, dicen. Efectivamente. El dolor despierta la creatividad porque permite transformarlo en otra cosa y darle un sentido.
Yo lo llevo haciendo desde que tengo uso de razón y siempre, siempre, ha sido mi salvación.
Termino con unos versos que escribí hace tiempo:
Escribir un poema se parece al desnudo.
¿Son legibles las vulnerabilidades?Escribir es transformar la herida en plastilina
y fabricar con ella un habitáculo.El poema es la burbuja,
yo, el aire.
(También el espectáculo)