La paciencia del paciente

Hace ya bastantes años, en mi primera experiencia como estudiante en prácticas en un centro de atención a las drogodependencias (AGIPAD), una de las psicólogas me dijo: "para mí, los pacientes lo son porque tienen mucha paciencia". Desde entonces no he dejado de acordarme de aquella idea. Porque es totalmente cierta.

Cuando empezamos un proceso de terapia queremos resultados rápidos: quitarnos el dolor de encima como si de una chaqueta se tratara, comenzar a sentirnos mejor en pocas sesiones, arrancarnos del pecho la ansiedad... Es normal. ¿Quién quiere sentirse mal? Nadie. El ser humano se orienta al placer, no al sufrimiento.

Sin embargo, es difícil que sea así. No es imposible —a veces ocurre—, pero lo más frecuente y natural es que los procesos personales lleven tiempo. Y eso requiere paciencia. Porque el dolor que te trae hoy a pedir ayuda lleva gestándose mucho tiempo: gota a gota, como las estalactitas. O puede que haya estado escondido bajo la alfombra durante años. ¿Cómo resolver en semanas lo que se ha ido generando poco a poco? El ser humano es complejo. La experiencia del malestar, también.

Como terapeuta, he fantaseado muchas veces con esa varita mágica que transforme en un instante lo que siente quien viene a consulta. Pero no existe. No tengo ese poder (ninguna psicóloga lo tiene).

La terapia es un proceso, no un resultado puntual. Ser paciente requiere paciencia. Ser terapeuta, también. Y es justo ahí, en ese espacio entre la paciencia y la confianza, donde puede ocurrir el cambio.

No hay varita mágica dentro de la consulta —ni fuera—, pero sí hay un lugar donde empezar a ordenar el caos, poco a poco. A veces el primer paso es el más difícil. Y también el más importante.

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