Aceptarse a una misma: qué es y qué no es
“Hay que aceptarse tal y como una es”, “tienes que quererte más”, “qué poquita autoestima…”
Seguro que has oído muchas veces este tipo de mensajes: el mandato de aceptarte, de quererte, de reconciliarte contigo misma. Y, sin embargo, aunque suenan bien, llevarlos a la práctica suele ser mucho más difícil de lo que parece.
Es más, aunque parezca paradójico: exigirte quererte más suele ser una forma de tratarte mal.
Quizá el punto de partida no sea aceptarnos tal y como somos, sino aceptar que no nos aceptamos, porque así nos enseñaron a mirarnos. Hemos aprendido a observarnos desde la falta, desde lo que debería mejorar. Nuestro cuerpo siempre puede ser “mejor”: más delgado, más musculado, más firme, más joven, con menos arrugas, menos celulitis, más energía.
Esto es lo que vemos a diario en redes sociales (nuestra nueva televisión) y, al mismo tiempo, se nos exige que nos queramos tal como somos, imperfectas, como si fuera tan sencillo.
Aprendemos que envejecer está mal, que disfrutar está mal que cuidarse es corregirse. Que debemos perseguir nuestra “mejor versión”. Y yo me pregunto: ¿cuál es esa versión y a quién se la debes, si no es a ti misma?
Vivir en una insatisfacción constante es agotador. Qué ansiedad, ¿no? Luego se nos llenan las consultas de psicología (que para eso estamos), pero me resulta triste vernos a todas en una sensación permanente de no ser suficientes.
Aceptar(se) de verdad no consiste en dedicar toda tu energía a convertirte en alguien distinto. Tampoco implica que, de pronto, te empiecen a gustar partes de ti que nunca te gustaron y que además siempre te dijeron que estaban mal.
Importante: aceptarse no es gustarte entera
Aceptarse es entender que hay cosas de ti que no te gustan y, aun así, no dejar que eso dirija tu vida. Es reconocer que podrías ser diferente, que incluso te gustaría serlo en algunos aspectos, pero que ahora mismo no lo eres, y que eso no invalida quién eres ni lo que haces. Y, por supuesto, no te hace menos valiosa.
Aceptarse también es poder mirar lo que sí te gusta de ti (que suele ser mucho más de lo que crees) sin que las imperfecciones lo ocupen todo.
Por eso, quizá el punto de partida no esté en cambiar cómo te ves, sino en entender por qué te miras así. Es normal que no nos guste lo que vemos en el espejo cuando llevamos toda la vida recibiendo el mismo mensaje: no eres suficiente todavía.
Luchar contra esto es difícil. A veces es más interesante empezar por otro lado: hacer lo que te da la gana, aunque tu mente te diga que no deberías, que no puedes, que no estás preparada, que no encajas, que no te queda bien...
La aceptación no siempre empieza en el pensamiento, muchas veces empieza en la acción.