La soledad de quien cuida

En la práctica, y todavía hoy, la mayoría de los cuidados los ejercen mujeres. Por eso, muchas veces, hablar de cuidado es hablar de cuidadoras.

Cuidar puede ser (valga la redundancia) profundamente desolador. Y es muy frecuente que, en ese proceso, una se olvide de sí misma.

Cuidamos en lo personal y en lo profesional: cuidamos cuando somos madres, cuando somos hijas, hermanas mayores o abuelas; cuidamos cuando alguien cercano enferma; cuidamos cuando somos enfermeras, terapeutas, maestras, trabajadoras del hogar…

Cuidamos en muchas etapas y ámbitos de la vida. Nos enseñan que debemos cuidar, pero nadie nos explica cómo hacerlo sin perdernos en la soledad que supone estar dedicadas a otra persona.

Una de las claves para poder cuidar sin perdernos es equilibrar las necesidades de los demás con las propias.

¿Y qué suele pasar? Que muchas veces una no tiene ni idea de cuáles son sus necesidades.

La gran pregunta es: ¿qué necesito?

Y la que viene después: ¿cómo puedo darme eso que necesito y, a la vez, cuidar de otra persona?

Es un reto difícil (seamos realistas), pero no imposible.

Para empezar, te propongo lo siguiente:

  1. Concédete el derecho a estar mal.
    Cuidar puede ser agotador y frustrante. Date permiso para enfadarte, cansarte, sentirte sobrepasada. En definitiva, permítete tener necesidades. No pasa nada: eres humana.

  2. Reflexiona sobre qué necesidades tuyas no están siendo satisfechas. Pueden ser emocionales, sociales, físicas, materiales… Haz una lista lo más concreta posible.

  3. Clasifícalas en tres categorías: prioritarias, importantes y deseables.

  4. Empieza por las prioritarias. Intenta encajarlas (aunque sea mínimamente) en tu día a día. Esto, muchas veces, implica poner límites a las necesidades de los demás (o de la persona a la que cuidas).

  5. Vuelve a recordarte que tienes derecho. Si aparece la culpa, es normal. No pasa nada. Puedes no hacerle caso.

Si sabes cuidar, también puedes aprender a cuidarte.

A veces solo hace falta devolver la mirada hacia una misma un poquito. No se trata de hacer cambios gigantes: en muchos casos, un cambio pequeño, casi imperceptible, ya es mucho.

Si estás leyendo este texto, probablemente te encuentres en una de estas tres posiciones. Para cada una, un consejo:

  • Eres cuidadora:
    Ya está todo dicho. Vuelve a leer y repite conmigo:
    “Tengo derecho a cuidarme y a tener necesidades.”

  • Eres la persona cuidada:
    Sé comprensiva. Quien te cuida no te quiere menos por atender también sus propias necesidades.

  • No estás en ninguna de las anteriores:
    Seguro que tienes a alguien cercano que ejerce de cuidador en algún ámbito. Escúchale y pregúntale qué necesita. Saber que piensas en ella puede marcar una gran diferencia.

 

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