Aprender a escuchar: una responsabilidad en las relaciones
Yo siempre digo que si supiéramos escuchar mejor, las psicólogas tendríamos mucho menos trabajo. Cuántas cosas se resolverían simplemente aprendiendo a escuchar de verdad.
La escucha es un elemento esencial en cualquier relación. De poco sirve decir algo si no hay nadie al otro lado que reciba lo que intentamos transmitir. Pero escuchar no es solo oír un mensaje. Tampoco es mirar a los ojos sin interrumpir, asentir de vez en cuando o decir “te escucho”. La escucha verdadera implica algo más profundo.
Implica estar dispuesto a sostener lo que la otra persona tiene que decir, aunque a veces resulte incómodo. Implica paciencia: saber parar, hacer espacio y buscar el momento para estar realmente presente. Implica observar activamente cómo se siente el otro con lo que tú haces, atender a sus gestos, a su lenguaje no verbal, a los pequeños cambios que indican si se siente comprendido o no. Implica salir de uno mismo y dirigir la atención hacia quien tienes delante. Y también implica algo que suele olvidarse: escuchar es lo que haces después con eso que has recibido. Tener en cuenta el mensaje y actuar en consecuencia forma parte de la escucha.
Quizá la dificultad para escuchar tenga que ver con el individualismo, con el ritmo acelerado en el que vivimos o con una sociedad demasiado centrada en uno mismo. O implemente nadie nos enseñó cómo hacerlo. En cualquier caso, parece evidente que necesitamos aprender a escuchar mejor.
Escuchar no es fácil, pero se puede (y se debe) aprender.
Todas merecemos ser escuchadas. Forma parte de sentirnos vistas y reconocidas. En gran medida, nos construimos también en la mirada y en la escucha del otro.
Por eso, aprender a escuchar no es un detalle menor en las relaciones. Es una responsabilidad. Escuchar bien cambia conversaciones, cambia vínculos y evita muchos malentendidos.
Revisar cómo escuchamos y cómo nos sentimos escuchadas es necesario si queremos relaciones más claras, más honestas y más sanas.