La psicóloga que no quiero ser

Yo no quiero ser, aunque lo soy, la terapeuta que te ayude a manejar la incertidumbre porque no llegas a fin de mes. No quiero acompañar el miedo a un desahucio, ni ofrecerte las herramientas (si es que existen) para lidiar con la frustración de no poder independizarte. No quiero tener el cometido de enseñarte a poner límites a una jornada laboral insoportable, ni a convivir con la imposibilidad de conciliar. No quiero eso.

No quiero ser, aunque lo soy, uno de los pocos espacios donde no se te juzga por tu color de piel, por la forma de tu cuerpo o por tu orientación sexual. No quiero ser quien te enseñe a respirar dentro de un sistema que te oprime, por el motivo que te haya tocado a ti. No quiero nada de eso.

Cuando estamos en consulta con todas estas cuestiones en las manos, me siento triste. Profundamente triste. Y me frustra recibir la incómoda misión de ajustar de forma individual, sin que eso sea posible, un contexto que es colectivo, social, sistémico.

Mi responsabilidad es acompañarte ahí, mientras ponemos nuestras energías en lo que depende de ti. O de nosotras. Mientras persistimos en la lucha para que cambie.

No quiero ser esta psicóloga, aunque deba serlo demasiadas veces.

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