El miedo a empezar terapia

Hay muchas veces en las que tenemos claro que no estamos bien y, sin embargo, hay algo más fuerte que nos impide pedir ayuda.

¿Qué da tanto miedo de la idea de ir a terapia?

Es posible que solo imaginar recibir ayuda te haga sentir pequeño/a, como si tuvieras que poder con todo, como si necesitar una mano fuera sinónimo de debilidad. Puede ser también que te aterre pensar en los fantasmas que podrían salir por tu boca si decides entrar en ese despacho donde te espera una psicóloga a la que no conoces de nada.

“¿Cómo voy a enfrentarme a lo desconocido que pueda surgir en esas sesiones?”, quizá te preguntes.

Abrir tu intimidad a una persona desconocida da mucho miedo. ¿Cómo no va a darlo? Una psicóloga nueva no deja de ser, al principio, una extraña: alguien a quien (se supone) que tienes que contarle lo que te duele, lo que te avergüenza, lo que te asusta. No solo es normal que esto ocurra, sino que es saludable plantearnos con quién queremos mostrarnos vulnerables y con quién no.

Otra posibilidad es que fantasees con la idea de que tu “problema” es demasiado raro o demasiado difícil. Que la psicóloga tendrá demasiado contigo, que no te entenderá o te juzgará. Que jamás habrá escuchado algo parecido, como si fueras un extraterrestre recién llegado al planeta.

Si algo de todo esto te resuena, te diría lo siguiente: es normal y sano sentir ese miedo. Una psicóloga es alguien desconocido para ti, sí, pero también una profesional formada. No es una persona cualquiera. Lleva años estudiando y trabajando para entender cómo funcionamos los seres humanos. Trabaja, además, bajo un código deontológico que incluye la confidencialidad (nada de lo que cuentes saldrá de esa salita) y la protección de tus datos. Todo está pensado para que puedas sentirte cómoda/o y en confianza.

Te diría, a su vez, que es muy difícil que una psicóloga se sorprenda con lo que le cuentes en una primera sesión. Las terapeutas nos dedicamos a escuchar historias, a explorar a las personas por dentro y a entender por qué nos ocurre lo que nos ocurre. Es difícil sorprender a una psicóloga. Y, además, por muy raro que te parezca lo que te pasa, lo que sientes o lo que piensas, hay algo que cada vez tengo más claro: a casi todos nos pasan cosas muy parecidas. En el fondo, compartimos angustias y deseos similares, aunque a veces creamos lo contrario. No somos tan especiales como pensamos.

También te tranquilizaría explicándote que una primera sesión no implica iniciar un proceso terapéutico. Creo firmemente que una persona tiene que ser libre de decidir si ese espacio le encaja o no: esos oídos que escuchan, esa forma de estar, esa vibración. A veces se encaja con la terapeuta y otras veces no, y está bien que así sea. Para mí, el inicio de un proceso es un acuerdo entre dos, y quien acude a terapia necesita sentir que puede estar ahí.

Sobre esos posibles fantasmas que imaginas escondidos y que temes que aparezcan en las conversaciones, te diría que solo saldrán (si existen) cuando sea necesario y cuando estés preparada/o. Y que el lugar adecuado para acogerlos es en los brazos (simbólicos) de alguien que puede sostenerlos y ayudarte a manejarlos. Te diré una última cosa: muchas veces no son fantasmas. Son simplemente cosas que nunca te has atrevido a decir en voz alta y que, cuando por fin salen, se vuelven más ligeras. Se evaporan al sacarlas de dentro y dejarlas en un lugar compartido, como el espacio terapéutico.

Si me contaras que tienes miedo de ir a terapia, te diría todo esto. Pero, sobre todo, te invitaría a hacerte una última reflexión:

¿Qué es más aterrador: darte la oportunidad de recibir ayuda o seguir sosteniendo el malestar que tienes ahora?

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