Acompañar a alguien que sufre es complejo. Acompañar a alguien que sufre y que, además, es una persona muy importante para ti (pareja, amiga, madre, hijo…) todavía más.
¿Por qué es tan complejo estar al lado de alguien que sufre?
Porque nadie nos enseña a hacerlo. No tenemos ni idea de cómo se acompaña el dolor. En el colegio no nos contaron que esto podía pasar. ¡Mucho menos que esto pasaría seguro! Porque el sufrimiento es inherente a vivir, por lo que antes o después nos tocará a nosotros. A veces seremos la persona que sufre, otras seremos quien está al lado.
No pasa nada si no sabes cómo hacerlo, o incluso si cometes errores cuando intentas ayudar. Estás aprendiendo. Quizás te ayude comunicarlo y preguntarle al otro qué necesita, porque cada persona es distinta. Lo que a ti te sirve no tiene por qué servirle al otro.
Porque no le entiendes cuando intenta explicarte su dolor. Hay experiencias, como lo que sentimos por dentro, que resultan muy complicadas de describir con palabras. Y aunque se consiga explicar, quien acompaña no siempre entiende porque a sus ojos la realidad es otra.
Entender ayuda, pero no es condición para poder apoyar. La comprensión viene de la cabeza, la empatía del corazón. Nunca se me olvidará lo que aprendí en 1º de carrera: “la empatía es sentir con el otro”. Quizás no entiendas por qué sufre, pero sí puedes reconocer y validar ese sufrimiento.
Porque a veces es agotador. Y es normal. Puedes estar agotado/a de estar sosteniendo a otro, sin que ello signifique que quieras menos, o que seas egoísta. Eres humano/a y tienes unas necesidades, tienes unos límites. Y desde el agotamiento acompañar es mucho más difícil.
El agotamiento trae un mensaje: ¡has llegado al límite! Te preguntaría: ¿cómo puedes equilibrar el cuidado del otro con el tuyo propio? Es una tarea ardua, pero no imposible. Suele requerir de ensayo y error. Vete probando.
Porque se activa la culpa. ¿Estoy haciendo suficiente? No debería sentirme así… La culpa aparece de improviso, sin darte cuenta. Como si tuvieras el cometido de que el otro se ponga bien y no lo estás consiguiendo. Aparece la culpa cuando pones límites para evitar el agotamiento… pero ¡está bien! Tienes derecho a hacerlo. Cuidar también es cuidarte a ti en esa relación.
Sentirte culpable no implica que lo seas. La culpa es una emoción más de todas las que podemos experimentar, por lo que es pasajera. Déjala ir y recuerda los motivos por los que haces lo que haces.
Porque no tenemos el poder de salvar al otro, por mucho empeño que le pongamos. Si eso fuera posible, seguramente el sufrimiento ya lo habríamos erradicado. Y esto activa la frustración. La rabia, incluso. La sensación de injusticia. Y es así, muchas cosas no son justas. ¡Ojalá lo fueran!
Tenemos el poder de dar la mano (literal o simbólicamente) y estar ahí sin perdernos en ese camino. Porque si te dejas de lado a ti, entonces ya no serás tú quien acompaña, serán los restos que queden de ti.